En algunas tradiciones chontales de Tabasco, las ánimas no se van de inmediato. Permanecen cerca. Vuelven a la casa, al camino. Recogen sus pasos. Durante un tiempo, el mundo que habitaron todavía las reconoce. Luego llega una segunda desaparición: el olvido.
Huellas del olvido parte de esa imagen: una presencia que todavía camina después de haberse ido. La exposición de Joaquín Restrepo se despliega en dos momentos, como si siguiera el trayecto de un cuerpo que se despide sin terminar de desaparecer.
El primer momento ocurre en la Plaza de Armas de Villahermosa. Allí, las esculturas se instalan cerca del río, del poder y del tránsito cotidiano. El lugar aparece como superficie de fundación, transformación y pérdida. Bajo su forma actual permanecen capas borradas de ciudad, edificios ausentes, decisiones públicas, memorias que ya no tienen fachada.
El segundo momento sucede en el Centro Cultural Quinta Grijalva. La obra entra entonces en una casa que también ha cambiado de destino. Antigua residencia oficial, ahora espacio cultural, la Quinta recibe estas figuras como si recibiera otras formas de presencia: cuerpos que no reclaman el pasado, pero lo hacen perceptible.
Restrepo construye presencias contemporáneas que parecen escuchar el lugar. Sus esculturas cargan desplazamientos, duelos, viajes y despedidas; al mismo tiempo, se dejan atravesar por la memoria del territorio que las recibe. Entre la plaza y la casa, entre el río y el jardín, la exposición propone una cartografía afectiva de aquello que sigue actuando después de haber sido borrado.
¿Qué queda cuando una ciudad olvida? Queda una marca. Queda un gesto. La memoria no regresa como relato cerrado. Regresa como cuerpo. Como rastro. Tal vez como algo que todavía camina.
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