El claustro siempre ha sido una arquitectura del tiempo.
Caminar por sus corredores es recorrer una espiral de respiraciones antiguas, donde cada eco conserva algo del pasado.
Las esculturas de Joaquín Restrepo, dispuestas frente al aljibe, parecen encarnar esa respiración. Son cuerpos suspendidos entre la vigilia y la plegaria, como si hubieran emergido del propio fondo del pozo: de la memoria líquida que sostiene la historia de este lugar.
Fons Interior (la fuente interior) habla del agua que circula dentro del ser, invisible y constante. Restrepo convierte el claustro en un cuerpo que recuerda, y al hacerlo, el tiempo deja de ser lineal: se vuelve poroso, como piedra húmeda. Cada escultura es una forma de escucha. No miran el pozo; lo oyen. Su verticalidad austera recuerda los rituales colectivos de sanación y duelo. En Campeche, ciudad levantada frente al mar y sobre la escasez de agua dulce, el aljibe fue una arquitectura de supervivencia. Restrepo reinterpreta ese gesto de contención y lo transforma en metáfora de la experiencia latinoamericana: cuerpos que han debido aprender a guardar, a resistir, a transformar el dolor en forma.
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